Estoy tumbado en el sofá, dejando que la tarde se deslice por los cristales. Fuera, el mundo ruge con un eco lejano: son las motos que van y vienen de la concentración, un ruido que habla de velocidad, de adrenalina y de esa urgencia ciega por llegar a algún lugar, como si el destino fuera un refugio más seguro que el presente. Dentro, sin embargo, el aire es distinto, casi litúrgico. En mi altavoz suena el Miserere mei, Deus de Gregorio Allegri, interpretado por el coro Tenebrae. Esa nota alta, ese Do agudo que parece ascender hasta rozar el cielo, no es solo música; es una señal para mi cerebro de que, a pesar del fragor externo, todo está en orden.
Mientras converso con Elena sobre la naturaleza de la felicidad, caigo en la cuenta de que la paz es, en realidad, una sutil armonía química. A menudo observo a quienes pasan por la vida con el ceño fruncido y una prisa injustificada, y no puedo evitar pensar que quizás solo tengan un jardín interior descuidado, un terreno donde el exceso de cortisol, ese mensajero del estrés, ha terminado por asfixiar el delicado florecimiento de la serotonina. Olvidamos con demasiada frecuencia que el alma, al igual que la tierra, también necesita su poda necesaria, su riego pausado y, sobre todo, sus tiempos de barbecho, esos periodos donde parece que no ocurre nada, pero donde en realidad se está preparando el terreno para la próxima floración.
Ahora entiendo mejor mis propios mecanismos. Sé que son mis glándulas suprarrenales las que me regalan ese extra de vigor, enviándome adrenalina para que la azada no pese tanto cuando trabajo la tierra. Pero lo que busco entre los parterres no es el subidón inmediato de la dopamina, ese «dopaje» efímero, ruidoso y adictivo del que hoy tanto se abusa en el frenesí de las pantallas. Lo que busco es lo que siento ahora mismo: el bienestar estable de la serotonina, esa calma que me permite que la música de Allegri ponga orden en mis pensamientos, como si cada nota fuera una semilla bien plantada en el surco de la memoria.
La felicidad, me digo, no es una inyección mágica que se adquiere en la farmacia ni un destino al que llegar a lomos de una moto ruidosa, buscando el aplauso del viento. Es, más bien, este preciso instante de gratitud en el que el estruendo exterior ya no me inquieta, en el que mi lumbalgia me da una tregua y mi mente se permite el lujo de ser, sencillamente, libre. Es el reconocimiento de que somos nosotros, en nuestro laboratorio íntimo y silencioso, quienes decidimos qué sustancia debe gobernar nuestro día. Hay una espiritualidad profunda en aceptar que el equilibrio es una construcción nuestra, un ejercicio de voluntad que nos permite transformar el caos en una pieza de música barroca, encontrando en la contención de la melodía la libertad más pura. Al final del día, lo que queda es la paz de saberse dueño de la propia química y de la propia quietud.
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