La figura de Anna Moffo siempre ha tenido un lugar propio y distintivo en mis afectos. Reconozco que, durante mucho tiempo, mi acercamiento a ella fue distinto al de otras sopranos. Mientras que en otras busqué la perfección de la voz, en Anna su belleza excelsa siempre estuvo presente.
Recuerdo verla en el cine allá por 1974, en Cádiz, junto a mi amigo Guillermo. En aquel entonces, yo solo era un ferviente admirador de la deslumbrante belleza física de la soprano; sin embargo, con los años, esa atracción ha mutado sin desvanecerse. Hoy la percibo desde un punto de vista más espiritual, como una armonía que trasciende la pantalla y el escenario, aunque, por supuesto, sin quitar nada de su indudable atractivo físico.
Escuchar a la Moffo me traslada inevitablemente a un rincón sagrado: el salón de mi ex suegro Luis. Él y Guillermo fueron mis maestros en este amor por la ópera. Debo confesar que nunca he sido un gran entusiasta del género; en muchas ocasiones, los gritos estridentes y la impostación excesiva me resultaban ajenos, casi agresivos. Sin embargo, en aquel salón, la cosa era diferente. Cuando José Luis Téllez presentaba las transmisiones desde el Teatro del Liceo para Radio Clásica, Luis y yo imaginábamos que aquel espacio era nuestro palco privado. En ese "palco doméstico", bajo la guía de aquellos dos hombres que realmente sabían escuchar, la música se despojaba de su artificio y encontraba su verdadero sentido. Aquel ritual nos permitía el comentario cómplice, el silencio compartido y, sobre todo, la capacidad de descubrir belleza donde antes solo escuchaba ruido.
Anna Moffo poseía una voz de soprano lírico-ligera de una belleza canónica: cálida, aterciopelada y con una técnica de fioritura¹ magistral. Nos dejó un legado de honestidad interpretativa donde no buscaba solo la nota perfecta, sino la emoción lógica.
Hay momentos donde el tiempo parece detenerse, y su interpretación de Liù en Turandot es uno de ellos. En el aria "Signore, ascolta!", Moffo nos entrega una fragilidad sobrecogedora. No hay gritos, solo un hilo de voz que parece que va a romperse, sostenido por un control del fiato² prodigioso. Para mí, esta versión es un refugio. Mientras leo La novela de ajedrez de Zweig y me dejo empapar por este sonido puro, siento que el mundo se detiene. Allí descubrí que la belleza de la Moffo era, en realidad, una cualidad del espíritu que se manifestaba en cada nota.
Tres grabaciones esenciales para redescubrirla:
La Traviata (1960): La referencia absoluta de su carrera.
La Bohème (1961): Una Mimì de una dulzura sobrecogedora.
Arias de Ópera (Dir. Tullio Serafin): Donde se aprecia la pureza técnica de sus inicios.
¹ Fioritura: Término italiano que significa "floración". Se refiere a los adornos, trinos y escalas rápidas que realizan las sopranos para embellecer la línea melódica, demostrando gran agilidad técnica.
² Fiato: Término italiano para "aliento". Es la capacidad del cantante para controlar la respiración, permitiendo sostener frases largas y delicadas sin que la voz pierda su pureza o estabilidad.
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